Florelia

(A mi entrañable amigo Vicente Pérez Cruz)
 

En la madrugada, cuando claridad y niebla marchaban sobre el río, el viento en remolino y sin avisarme, robó de mis labios todas las palabras y se perdió en el oriente, entre nubes ardiendo que el astro rey prendió minutos antes de lo acostumbrado. Se las llevó. Sólo pude rescatar aquellas que se quedaron colgadas en los lirios del pantano; pocas, muy pocas, pero con ellas puedo formar algunas frases, pequeñas si se quiere, pero llenas de agradecimiento.

Quizá mañana el vendaval me devuelva los sonidos, pero ahora, con lo que tengo entre mis manos, esta tierra de vega que forma el Santo Domingo, totalmente empapada de esencia de los Chiapa, deseo construir un cielo con estrellas de bonanza, de vida y de humildad. Con esta arcilla, edificar un sueño perpetuo de amistad y agradecimiento donde Vicente, mi amigo, retoce y descanse y nunca deje de ser infante; que brinque y siga pegado al pecho de su nana, al consejo de su padre, al abrazo de sus hermanos.

Construir un llano extenso, donde mi amigo, desde el pozo de agua cristalina, lo riegue siempre de esperanza para alcanzar un día a los luceros. Crear una playa quieta donde su algarabía contagie a sus otros amigos, los de su infancia. Un camino de arcoiris que lo conduzca siempre, sano y salvo, a su morada; que arribe a su jacal entre los árboles, con fanfarria de algunos grillos, con música de viento por la cola de su perro, con el abrazo fraternal de su familia. Si, a los pechos de Florelia, joven y hermosa que lo amamantó con pétalos de helio, con amor a la tierra, al agua, al aire y al fuego;  con esencia de sus raíces milenarias.

Tal vez un día el tiempo retorne mis palabras. Seguiré esperando junto al humo de copal que se pierde entre las ramas de ahuehuetes, paciente,  entre preludio de las aves, tranquilo, entre el murmullo de las aguas del Grijalva.

Mientras tanto, creo que el viento de este día que comienza,  no sólo las prestó para enjuagarlas una a una entre sus manos, sino para jamás olvidar el frío de las mañanitas y el calor humano que permite vivir eternamente agradecido.

 

Amín Guillén Flores
Ciudad Comitán, invierno de 2007